LAS PILAS DE AGUA DE EL CONSEJO
“Entre Quebradas, Aguadores y la Memoria Viva”
Por: José Javier Duran Romero (2012 - 2026)
El agua es el hilo conductor
que teje la historia de los pueblos. Mucho antes de que el urbanismo moderno
trazara las calles y avenidas que hoy transitamos, el ritmo de vida en El Consejo estaba dictado por el cauce de
sus aguas. Comprender cómo nuestros antepasados se servían del vital líquido es
asomarse a una ventana íntima de nuestra identidad, una época donde cada gota
costaba sudor y el acto de buscar agua era, en sí mismo, un rito de convivencia
comunitaria.
En los albores
del siglo XX, la vida de los
consejeños dependía enteramente de las bondades de la naturaleza. Las familias
se abastecían directamente de las cristalinas quebradas, los manantiales, ríos
y las acequias que cruzaban nuestra geografía. La dinámica diaria exigía un
esfuerzo físico considerable: las mujeres acudían a lavar la ropa en las
acequias, como la que pasaba cerca del antiguo Dispensario
Santa Teresa (Canta Sapo), o caminaban hacia la Quebrada de La Guá en el sector noroeste del
pueblo. Hacia el sureste, en el sector El Tegual y El Samán, al sur en el Río Tiquíre (o
Tiquirito, antes de convertirse en caño), se
aprovechaban además, las aguas que descendían de la montaña de Guareima (sector
hacienda El Socorro),
sin olvidar, por supuesto, el histórico cauce de nuestro Río Tuy. De estas fuentes
naturales se extraía el agua para el consumo humano y el aseo personal.
Sin embargo, a
medida que la población de El Consejo crecía, se hizo imperativa la necesidad de modernizar el acceso al
agua. Es aquí donde la labor de la Oficina del Cronista encuentra un tesoro en
los folios amarillentos del Archivo de la Junta
Comunal. Estos documentos oficiales, redactados con el rigor de la época,
nos permiten reconstruir con exactitud milimétrica la transición hacia la
modernidad.
Los registros nos revelan que los primeros pasos
formales para la creación de un acueducto comenzaron a finales de la década de 1930. Un acta fechada el 30 de agosto
de 1937 detalla la solicitud realizada a la señora Ana Enriqueta Rodríguez de Azpúrva para destinar unos terrenos en la parte noreste del pueblo,
específicamente en el sector de la Casa Morgado, para la construcción de un gran tanque matriz. Para enero de 1938, la Junta ya había nombrado un
comisario pro-acueducto y redactado el primer reglamento para la distribución
del servicio.
El incipiente
sistema requería cuidado y mantenimiento constantes. Las actas de la Junta Comunal establecen que, según el
documento del 16 de enero de 1939, el señor Matías Runque quedó formalmente nombrado como el primer vigilante del acueducto.
El verdadero
hito tecnológico llegó al año siguiente. El 23 de marzo de 1940, se registra la instalación de
la primera bomba de agua del pueblo en los terrenos de la ahora Escuela Nacional Juan Uslar. Este terreno
fue adquirido a un precio muy accesible gracias a la buena voluntad del señor Félix Tovar Pérez, quien, en un
gesto que retrata la idiosincrasia de la época, solicitó a cambio que se le
garantizara una toma de agua gratuita de dicha bomba.
La
administración de este servicio continuó evolucionando. Tras la gestión del
señor Runque, el 7 de abril de 1941 fue designado el señor Enrique Flores como nuevo
"celador" (cuidador), siendo sucedido el 29 de enero de 1942 por Teodoro Echezuría. Como dato
curioso que humaniza estos documentos burocráticos, un acta del 13 de febrero
de 1942 asienta la solicitud urgente para comprar "una llave
inglesa grande", herramienta indispensable para que el celador pudiera abrir
y cerrar el paso del agua hacia el pueblo.
Para 1946, el sistema se expande. La Junta Comunal solicita al señor Inés Torres, propietario de los terrenos de La Vega
en la parte baja del pueblo (parte de los terrenos que ahora
conforman la escuela Juan Uslar y el Consejo Comunal de Simón Bolívar), la instalación de nuevas tomas (2 pilas “una que va a cancelar
la Junta Comunal y la otra el señor Inés Torres”). Es en esta década cuando
el paisaje urbano de El Consejo se transforma con la aparición de las famosas "PILAS DE AGUA". Pero los documentos
oficiales, aunque exactos, son fríos. Para que esta historia respire, es
necesario cruzar la tinta del archivo con la tradición oral, esa memoria viva
resguardada por personajes patrimoniales de nuestro pueblo como Cerbulo Beliz y el Dr. Leancy Tovar, el tío Nito Torres, entre otros.
Gracias a sus invaluables testimonios, sabemos exactamente cómo eran y dónde estaban aproximadamente estas “Pilas”. Consistían en una base sólida de cemento de la cual emergía un tubo grueso de hierro, coronado por una llave o "pluma" de metal. La memoria de nuestros abuelos traza un mapa hídrico del casco histórico: existía tres pilas en la ahora calle Campo Elías, una cerca del cruce con la calle Villapol, otra muy concurrida en la esquina noreste de la ahora Escuela Juan Uslar (actualmente hay un hidrante) al lado del Cedro y la tercera de esa calle casi al final de esa calle Campo Elías (sentido oeste) cruce con la ahora calle la Paz, posteriormente, a medida que se fueron colocando las tuberías para el servicio de agua, colocaron una en la parte sur por la calle La Paz cruce con la ahora calle Urdaneta (antigua calle Barrialito), cerca de donde funcionó el primer matadero no municipal del pueblo.
El recorrido del agua por tubería, continuaba un
poco más arriba del ambulatorio, con una
Pila en la intersección de la misma calle La Paz (parte norte) con García de Sena (sector que fue conocido como Los Tanques, luego García Espino) donde
actualmente está el primer comercial “Telo
Tengo”. Otra Pila, Subiendo hacia el sector 5
de Julio (sector antiguamente conocido como Palo
Copao), cerca de la antigua bodega del Alemán, se
ubicaba otra toma vital. Asimismo, detrás de la iglesia, en lo que históricamente
es conoció como el Barrio Juan Moreno (anteriormente fue Barrio Los Tanques y Barrio José
Rafael Revenga), la gente se aglomeraba
alrededor de su pila local.
Ir a la pila no
era un simple trámite; era el gran punto de encuentro diario. Las mujeres, los
niños y las lavanderas se congregaban, y mientras esperaban su turno para
llenar las "pipinas" (grandes latas de agua que las mujeres cargaban
estoicamente sobre sus cabezas apoyadas en un trapo enrollado a modo de
rodilla), se compartían las noticias del día.
Para aquellas
casas que quedaban lejos o para las familias que podían costearlo, surgió un
oficio noble y pintoresco: el del aguador o carretero. La tradición oral nos
devuelve los nombres de estos trabajadores incansables. Allí figura el propio Félix Tovar Pérez “trismotor”, quien recorría las calles de tierra con su carreta tirada
por una mula, distribuyendo el líquido. También resalta en la memoria colectiva
el señor Juan
Ceferino “Antonio” Sánchez,
popularmente conocido como "El Mastro", quien prestaba el servicio en
su carreta antes de establecer su conocida botiquín (Bar y refresquería Mi Deleite). Otro
que prestaba el servicio de repartición de agua, pero no en carreta sino
carretilla fue el señor Marcario Castillo. Estos
hombres, entre muchos otros, mitigaban el esfuerzo de quienes vivían en las
periferias, transportando la vida misma en recipientes hasta los zaguanes de
las casas.
Hoy, al mirar
hacia atrás, es inevitable hacer una pausa. El Consejo dejó de ser aquel pueblo de calles de tierra y pocas cuadras para
convertirse en la pujante capital del municipio José
Rafael Revenga. El crecimiento demográfico, la
proliferación de nuevos urbanismos y el avance de la modernidad han
multiplicado exponencialmente la demanda del servicio. Esto nos obliga, incluso
en la actualidad, a seguir perforando la tierra y construyendo nuevos pozos
para intentar garantizar el abastecimiento de nuestra población. Pero
como cronista, siento el deber ineludible de invitar a la reflexión frente a
esta realidad. La solución a nuestro futuro no puede limitarse únicamente a
extraer más agua del subsuelo mediante la ingeniería. Nuestro verdadero y más
urgente desafío histórico es voltear la mirada hacia nuestros orígenes. Debemos
retomar el cuidado consciente de nuestras quebradas, limpiar nuestros afluentes
y proteger los manantiales que alguna vez le dieron de beber a nuestros abuelos.
El agua sigue siendo el mismo recurso sagrado de
antaño, pero hoy parece que hemos olvidado su valor. El llamado es a la
conciencia ciudadana, al uso racional y al respeto profundo por nuestro entorno
ambiental. No podemos darnos el lujo de desperdiciar ni contaminar el vital
líquido. Solo cuando comprendamos y valoremos el enorme esfuerzo que le costaba
a un consejeño de los años 40, 50 y 60 empujar una carretilla o cargar una
pipina desde la pila pública hasta su hogar, aprenderemos a cuidar y bendecir
cada gota que hoy sale, con tan solo girar una llave, en la comodidad de
nuestras casas.
Ahora más que
nunca, tenemos que entre todos ser una “pila de hombres y mujeres” de donde
emane saberes para sembrar conciencia de cuidar el vital líquido que nos
mantiene vivos…
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| José Javier Durán Romero Cronista Oficial del municipio José Rafael Revenga - estado Aragua - Venezuela Cronista Comunal del Centro Nacional de Estudios Históricos de Venezuela |













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